Terremoto: el miedo de los managuas

Reportajes

Foto: Arturo Dávila / Cortesía

La sismicidad de Managua y el trauma de la tragedia que enlutó a la capital, primero el 31 de marzo de 1931, y luego, el 23 de diciembre de 1972 ha marcado la vida de los capitalinos y su temor se ha heredado a las generaciones siguientes. Es un asunto de salud pública pendiente. Aún así, muchas personas desconocen qué hacer antes, durante y después de un terremoto

Por Nery García | Sep 01, 2011

Sintieron las camas moverse como si fueran mecedoras. Se escuchaba el rugido de la tierra y los gritos de los vecinos estaban por todos lados. El polvo cubría sus cuerpos y las tinieblas nublaron sus vistas. No había luz. Las débiles paredes de taquezal sucumbieron ante el terremoto que sacudió Managua la madrugada del 23 de diciembre de 1972. Eran pasadas las 12:30 am. Ellas estaban soterradas.

Era sábado. Tenía nueve años cuando Flor Ramírez, junto a su madre y otra niña – vecina -- quedaron atrapadas entre los escombros de un barrio capitalino de la antigua Managua. Estaba allí, dormida, cuando el sismo de 6.2 en la escala de Richter provocó en segundos el colapso de más del 60 por ciento de la ciudad: más de 600 manzanas fueron destruidas en un santiamén y alrededor 50 mil edificaciones quedaron hechas añicos.

La madre de Flor, Antonia Torres, enfrentó sus miedos y desde entonces viven con ellos. “Me acuerdo que mi mamá con sus manos empezó a abrir un hoyo, aventó a la niña más chiquita, la empujó, luego salí yo y por último salió ella. Saliendo mi mamá, yo me acuerdo perfectamente como si fuera hoy mismo, se termino de caer la casa”, rememora Flor, después de casi 39 años.

Esa madrugada, en otro lugar de Managua, Auxiliadora Sánchez descansaba en casa de su abuelito. “Estábamos dormidos. Hubo uno a las diez de la noche, no fue tan fuerte, ya el del terremoto sí. Me acuerdo que cuando abrimos las puertas ya no había luz, las casas se caían”, cuenta la señora, quien recuerda que los lamentos no cesaban en medio de las tinieblas, que se acentuó por el colapso del servicio eléctrico.

Muerte, heridos y trauma

William Ñamendy tenía 14 años en ese entonces. A diferencia de Auxiliadora y Flor, él lamentó la muerte de nueve miembros de su familia. Ahora tiene 53 años, y mientras lo entrevistamos se inquieta, se mueve de un lado a otro y reseña cómo vivió ese momento: “ya el temblor no era juego, bangan, bangan, entre más temblaba más fuerte, ya se oían los lamentos, se oían los gritos”.

Managua era una necrópolis el 23 de diciembre 1972. El terremoto no se conformó con derribar casi toda la capital, sino que también se empeñó en provocar la muerte de más de 10 mil personas y dejar a más de 20 mil heridos, sin contar el dolor que roció a quienes lograron sobrevivir y las secuelas que quedaron incrustadas.

Quienes vivieron esos tiempos todavía sienten el calor sofocante que anunciaba esa catástrofe. Después del derrumbe de la ciudad, la oscuridad se extendió por largas horas y se empeñó en no dejar asomar la luz del sol.

Había zozobra y los dos replicas posteriores de cinco y 5.2 grados, ocurridos a las 1:18 am y 1:20 am, parecían anunciar el fin del mundo, y luego, se observaba un cielo enrojecido, como quemado por resplandor del infierno que provocó el terremoto.

“¡Costó que amaneciera!”, relata Auxiliadora. En ese instante ella parece haber retrocedido el tiempo en su cabeza para encontrarse de nuevo con sus viejos temores, y se queda un instante ida, con la mirada fija sobre la pared de su hogar en Ciudad Sandino.

“De repente ves personas colgadas en los alambres, personas pidiendo auxilio, te quedas un poco como queriendo ayudar pero sentís la impotencia, porque una niña en ese momento ¿qué puedo hacer?”, continúa preguntándose Flor, mientras ve en su mente aquella imagen que vive en sus recuerdos. 

 

Desplazados y pesadumbre

En cuanto amaneció y el sol iluminó la ciudad colapsada, doña Antonia Torres (mamá de Flor) tomó del brazo a su hija, buscó desesperada la manera de abandonar la ciudad. Ya el temor se había apoderado de la señora y la angustia que provocaban las replicas se hacían fatídicas.

“Me acuerdo que agarramos buses para Estelí”, recuerda Flor. “Yo pienso que mi mamá se desconcertó porque en vez de quedarse en Estelí se fue hasta Las Plazuelas, una comunidad en Palacagüina (ubicada a más de 190 kilómetros al norte de Managua)”, continúa Flor, quien explica que su mamá tenía familiares en esa ciudad norteña.

De acuerdo con José Luis Pérez, director de prevención del Sistema Nacional para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastres (Sinapred), después del terremoto de 1972, alrededor del 50 por ciento de las personas que vivían en Managua emigraron de forma temporal o permanente fuera de la ciudad de Managua.

“Managua tenía una población de apenas 500 mil habitantes y más de 250 mil personas fueron las desplazadas, damnificados, personas que perdieron todo, sus propiedades completas”, refiere el funcionario.

Auxiliadora se fue por un tiempo a Jinotepe y William al occidente del país, pero en poco tiempo la necesidad les obligo a regresar, aunque eso implique el riesgo de enfrentar una catástrofe como la que ocurrió hace 39 años.

Traumas y miedos deben tratarse 

La calamidad que sufrieron miles de personas hace 39 años en Managua, hoy tiene sus repercusiones en sus vidas y en las de sus familiares e hijos, pues se trata de traumas que trascienden y necesitan ser tratados a tiempo, con la ayuda adecuada y con el apoyo de la familia, como parte de una terapia integral.

Esa es la sugerencia que hace Josefina Murillo, quien tiene 14 años de ser sicóloga clínica forense y ha dedicado 14 años a atender a personas sobrevivientes de desastres, y quien también fue víctima del terremoto de 1972.

“La persona vive, sobrevive a esa pesadilla, trata de salir adelante, sin embargo, cuando menos pensás tienen flashes de lo que pasó, a veces tratan de olvidarlo pero no es fácil… incluyendo a mi propia familia que todavía tienen pesadillas porque no tuvieron la suficiente ayuda para sacar eso de adentro”, explica Murillo, quien también funge como docente de la Universidad Centroamericana (UCA).

Reyna Flores, de 55 años y habitante de Managua lo confiesa: “miedo da, pero uno tiene que aguantarse”. Carolina Flores, una muchacha de 19 años, estudiante de contaduría pública, ha recibidos esos miedos a través de sus familiares que vivieron y le reviven con sus relatos el traumático suceso del 23 de diciembre de 1972: “causan miedos a las persona porque se sacuden mucho (los sismos) puede provocar un derrumbe a la ciudad y eso algo que daría miedo sinceramente”.

“Este miedo se puede tratar hablando, sacando lo que tenés adentro… hay que conversar con otras personas, lo que pasó para que se escuchen, escriban en una hojita de papel lo que recuerdan y traten de ver eso como algo que pasó”, invita Murillo, luego de mencionar que los gobiernos deberían de implementar una política de salud pública, que trate esos traumas que afectan el desarrollo de los nicaragüenses. 

Terremoto a la vista

Se rumora que existe un ciclo de alrededor de 40 años para que Managua sufra un sismo de gran magnitud de 6.5 en la escala de Richter, como el ocurrido en 1972, pero Emilio Talavera, sismólogo del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter), y Dionisio Rodríguez, geólogo y director del Instituto de Geología y Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN - Managua), aseveran que eso es sólo un mito.

Ambos coinciden en que si bien entre el terremoto de 1931 y el de 1972 existe una diferencia de 41 años, eso no implica que exista una recurrencia de 40 años para grandes sismos en Managua, pues se ha comprobado estadísticamente que no es así, aunque se registren 10 sismos en el país en promedio cada día, según funcionarios de Ineter.

¿Entonces no habrá terremoto en Managua? Lamentablemente la condiciones geológicas, sumado a la falta de supervisión de las construcción en Managua dejan al descubierto otra gran catástrofe. “Sí, va a haber un terremoto en Managua, pero lamentablemente todavía no sabemos cuándo se va a producir”, afirma el sismólogo.

A partir de 1975, Nicaragua cuenta con una red de 16 estaciones sísmicas en el pacífico. Esos aparatos captan las oscilaciones del suelo y se transmite vía radio a Managua. Los registros se procesan diario. Eso permitió identificar las zonas de mayor sismicidad no sólo en Managua, sino en el suelo debajo del océano pacifico, lo que también permite identificar el hipocentro (origen del sismo en suelo oceánico).

Sismicidad en Nicaragua

De acuerdo a las estadísticas proporcionadas por los gobiernos centroamericanos y recogidas en la plataforma digital de Evaluación Probalística de Riesgo para América Central (www.ecapra.org), en nuestro país se han registrado entre los años 1520 y 2008 al menos 56 mil 824 sismos con magnitud igual o mayor a los 0.5 en las tres diferentes escalas: Magnitud Local (ML), Magnitud del Momento (Mw) y Magnitud Decimal (MD).

El director del Instituto de Geología y Geofísica recuerda que Nicaragua, en su parte del pacífico, es parte de una cadena volcánica que transciende en la región centroamericana, pero, además, por debajo del territorio nicaragüense están las placas tectónicas Coco y Caribe, las que están en constante movimiento.

“Al introducirse el piso oceánico o la placa litosférica de Coco por debajo hay un efecto de fricción, por eso es cuando dicen las noticias que hay un choque de placas, en realidad no hay choque es el deslizamiento que en términos geológicos llamamos subducir”, explica Rodríguez, quien señala que el movimiento de la placa de Coco es de siete a nueve centímetros por año.

 

Información para prevenir y mitigar

La información de qué hacer ante, en el momento y después de un terremoto podría resultar vital ante un eventual terremoto, pero muy pocas personas conocen sobre cómo actuar y tampoco existen políticas estatales para promover información masiva sobre ese tema, a excepción del Sinapred que publica recomendaciones en su sitio web (www.sinapred.gob.ni).

¿Qué haría ante un terremoto?, preguntamos a varias personas en la capital, y las respuestas demostraron falta de información oportuna: “Sinceramente no sé”, responde Carolina Flores; Reyna Flores reconoce que buscaría la forma cómo salvarse “¿qué mas va hacer uno?”, se pregunta ella misma; mientras Ernesto Narváez, taxista capitalino, dice “me salgo al patio de mi casa, nada más”.

Flor ha regresado a la capital por asuntos de trabajo. Hoy es periodista y trabaja como consultora independiente. Ella está consciente que Managua puede sucumbir en cualquier momento, y por eso se mantiene informada.

“Siento un temblor fuerte y yo tengo calma. Cosas preventivas: deja las puertas listas para abrir, no dejes cosas en medio del camino, el botiquín… nosotros como familia hemos ido aprendiendo a que cada noche dormí con la puerta abierta, no podés enllavarte, tengas tus fósforos, tus lámparas, tu radio con batería”, expresa Flor.

Dele clic aquí para ver más recomendaciones.

(Con la colaboración de María José Salgado y Eugenia Mayorga)


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