Sobrevivir en la universidad

Educación

Foto: Michael Campbell

El acceso a la educación universitaria es casi un lujo para miles de jóvenes, pero algunos hacen grandes sacrificios para poder coronar una carrera. Los estudiantes de los departamentos se aventuran a venir a Managua a estudiar, pasando miles de viscisitudes.

Por Douglas Castilla | Jan 16, 2012

Lancho entra al cuarto de Darvis y Jerry  por la ventana,  en silencio como si fuera un  ladrón, no quiere que nadie se dé cuenta. Las circunstancias han llevado a este  joven de la Costa Atlántica a ser un proscrito.  Estudia en la Universidad Nacional  Agraria (UNA) y es un “paracaídas”  pero no precisamente de los que  se lanzan de un avión,  sino porque es parte de las decenas de estudiantes que sobreviven dentro de la universidad posando en los cuartos de los internos, y comiendo lo que encuentran: mangos, cocos, ranchitas y  todo lo que  sus compañeros le quieran dar.

Lancho Onofre Zamara Fenly entró a la universidad con una beca que le cubría lo necesario para vivir, alimentación, hospedaje y apoyo económico; pero el sueño del estudiante terminó cuando cursaba segundo año. Dejó una clase y perdió la beca. Se resistió a volver a su  casa derrotado, así que se aventuró a ser un paracaídas.

Los “paracaídas” de la UNA son estudiantes  que viven   en un hacinamiento clandestino dentro del edificio  donde se encuentran los dormitorios de alumnos internos.

Legalmente no existen.  Por ellos nadie responde,  sus nombres no están ni en las listas de becarios internos  ni dentro de los registros de los beneficiarios del  siempre conflictivo  6%. En teoría no deberían de vivir en las instalaciones, pero la realidad es otra.

Estos jóvenes que son retirados de la lista de beneficiarios de las becas de internos por su bajo índice académico, duermen en el piso dentro de los cuartos de sus amigos, aunque eso significa someter a sus anfitriones al riesgo de perder igualmente su propia beca por violar el reglamento de los becarios. Algunos menos afortunados duermen en el  pasillo, en colchonetas prestadas por sus compañeros.

En la UNA hay “paracaídas”  de todos los departamentos del país, de todas las carreras, de todos los años de las carreras y de ambos sexos. Sí, eso mismo, las mujeres también se arriesgan a vivir en esas condiciones.

Eric Alexandre Pineda,  estudiante de tercer año  de Agronomía calcula que hay  al menos  dos “paracaídas” en cada uno de los 88 cuartos del edificio.

Si las cuentas de Pineda fueran exactas, significaría que  hay al menos 176 estudiantes que deambulan pidiendo un lugar dónde dormir dentro de los cuartos o afuera de ellos.  Las autoridades de la universidad tienen pleno conocimiento de este fenómeno pero  aun no han hecho nada.

 A falta de camas, ¡mesas!

En   el caso de  Eric  Alexander Pineda se puede ver la  cara más afortunada de esta moneda.  Él  quería estudiar Agronomía. Es de Wiwilí. Aplicó  para una beca de interno en la  UNA  hace tres años, llenó  los papeles, esperó una semana  y entonces recibió la noticia de que podría empacar sus  maletas y venir a Managua a estudiar.

Su familia es de escasos recursos. Él  a duras penas logra subsistir. Como parte de su beca la universidad le brinda cada dos meses un paquete  que contiene jabón de baño y  de ropa, pasta dental y un desodorante.  Solo compartiendo  unos con otros  logran sobrevivir.

Sin embargo,  es importante decir que aunque  los becarios tienen ciertos privilegios adicionales, las precarias condiciones de la infraestructura no distinguen entre los paracaidistas y los internos.

Eric recuerda que en una ocasión cuando volvió de las vacaciones en  su primer año de estudio, las circunstancias lo obligaron a dormir en  una mesa pues la encargada de abrir los cuartos todavía no volvía de sus vacaciones.

A usted que lee este reportaje le  proponemos un ejercicio sencillo, cierre los ojos, trate de imaginar  un pasillo lúgubre y oscuro aún  en horas del mediodía, a eso agregue baños  de uso limitado, estrechos y mal olientes, compartidos por hombres y mujeres (la administración los cierra de nueve de la mañana hasta las doce del medio día bajo la excusa de que los están lavando).

Incluyamos a este ejercicio mental  puertas en mal estado,  literas viejas y colchones de esponja tan desgastados por el uso que parecen que fueron mordidos por ratones dejando descubiertos los alambres que hieren las espaldas de sus ocupantes.

Para colmo, las habitaciones están apertrechadas con  inservibles  abanicos  que en las noches de verano son insuficientes para apaciguar el intenso calor que produce el exceso de personas. Esos cuartos se asemejan  más a celdas que a cuartos y estos son solo algunos de los muchos aspectos que enfrentas los alumnos internos y sus huéspedes, los “paracaídas”.

¡Los  parches  no son soluciones!

Lucia Silva Caldera, es la orientadora  encargada de las becas internas, se sienta en su escritorio dentro de una oficina con aire acondicionado a firmar papeles y a planear soluciones  conceptuales para un  problema  real.

Ella en  representación de la universidad pretende  resolver los problemas de los paracaidistas e internos  con  una “educación integral y un empoderamiento de la realidad, con la creación de conciencia”.

Esos  son  conceptos  bastante loables pero  poco funcionales  y  aún  menos realistas para solventar  las obvias y abundantes  necesidades.  “No se da abasto, no se puede (hacer más) por la capacidad del edificio y por el presupuesto”, comenta Silva.

Los paracaídas seguirán cayendo

De regreso en la Universidad Agraria conocimos a Alvino Fiallos, él  es de Aniwas,  Wiwilí en la región del Río Coco. Aplicó  para la beca de interno pero a pesar de su buen promedio no pudo obtener los beneficios del  internado y está planeando  ser un paracaídas para el próximo año. Vive en los cuartos de don “Chico”, paga 250 córdobas para compartir el cuarto con otros tres estudiantes aunque paga alquiler las condiciones no son muy diferentes a las que  vivirá si se decide a ser un  paracaídas.

Don chico” es famoso entre los estudiantes de la UNA por alquilar cuartos frente al campus y aunque no es el único lugar, si son los más cercanos. Es un negocio con el que desde 1989, “Don chico” ha podido mantenerse, progresar y  enviar a sus hijos a estudiar a universidades  de excelente calidad,  una calidad que los jóvenes que duermen en sus cuartos no podrían costear. 

Alvino Fiallos tiene la certeza de que el próximo año  se ahorrará los 250 córdobas. Sea porque le aprueben la beca o  porque será paracaídas.  “Este año no pude entrar porque soy de primer año y pensé que me iban a dar la beca  y porque  para  entrar al internado como paracaídas tenés que conocer gente, tener amigos. Pero el próximo año  si me vuelven a negar la beca voy para dentro”  

Los de a raid 

Elías López estudia medicina en la Universidad  Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), él es uno de los 113 universitarios que cuentan con el beneficio de la beca  alojamiento, que esta universidad otorga a los estudiantes de los departamentos. Sin embargo, existe un grupo de estudiantes que han perdido esta beca, y que ahora viven clandestinamente o al “raid” como popularmente se les llama.

 

Estos estudiantes continúan viviendo en las casas de los internos, con su consentimiento, pero no están registrados en la lista de becados. Elías estuvo un semestre al raid. No pudo mantener su porcentaje y la perdió. Cuenta que pasó muchas penurias con la comida y adelgazó bastante. Se  compró una colchoneta para dormir. Él tuvo la beca de interno, que cubre alojamiento y alimentación, ahora solo tiene la de alojamiento y se las ingenia con la comida. Sus amigos le prestan la tarjeta para poder retirar almuerzo y cena.

 

El licenciado Álvaro Zambrana, Director del Departamento de Becas de la UNAN, dijo que ellos como universidad no tienen ningún conocimiento de los estudiantes que viven al raid. La contradicción está en que   a pesar de que afirman  “desconocer” oficialmente si hay o no estudiantes al raid, las autoridades catalogan y sancionan  como actos de indisciplina los mismos actos que dicen desconocer y  que provocan hacinamiento en los cuartos de los becados.

 

“Yo no te puedo hablar de chavalos que van al raid, porque no sé si hay o no hay, yo te hablo de lo que yo tengo como programa oficial. Yo no controlo, ni puedo controlarlo porque no hay personal nocturno.” Declaró Zambrana con  tono molesto ante nuestras preguntas.

* El autor es estudiante de Comunicación Social de la UCA y pasante del Observatorio de Medios de la UCA.

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