"La insurrección de los niños": memoria y perversión

Por Juan Pablo Gómez | May 14, 12

“Como en la edad media hubo la cruzada de los niños, en la revolución de Nicaragua hubo la insurrección de los niños”. Estas palabras de Ernesto Cardenal en La Revolución perdida, el tercer tomo de sus memorias, señalan el inicio de mi interés en la participación de la niñez durante la insurrección popular que derrocó a la dictadura somocista. Tal fue mi inquietud sobre el tema que empecé a separar cada ocasión en que el autor se refería a este asunto.

Así, mi lectura estuvo marcada por la rebelión de los niños de Matagalpa; por el recuerdo de “La Mascota”, asesinado por la guardia a los 12 años; por el más conocido caso de Luis Alfonso Velásquez, asesinado a los 9 años. Al involucrar a la niñez en su relato de la insurrección, Cardenal ilustra una manifestación extrema de violencia política por parte de una dictadura que convertía a niños y niñas en enemigos políticos, asesinándolos.

Tomé conciencia de mi curiosidad por el fenómeno del ‘niño guerrillero’, el cantado Quincho Barrilete, epítome de ‘pobreza y dignidad’, y quien de niño de la calle pasó a ser ‘héroe infantil’. Empecé a considerar que Cardenal se regocijaba en los niños, que hablaba de su sacrificio como una vida perdida para una causa ganada. Me incomodé con el autor y conmigo mismo cuando me di cuenta del goce estético/poético que sentía al leer sobre las virtudes oratorias de Luis Alfonso Velásquez, y al mismo tiempo imaginar un vehículo de la Guardia Nacional pasando continuamente por encima de su cuerpo, muerto, porque ya le habían disparado. O leer sobre las habilidades guerrilleras de “La Mascota”, quien se movilizaba por toda la ciudad llevando mensajes, revelando las posiciones del enemigo y que llegó a incendiar el auto de un oficial con una bomba, hasta que la Guardia sacó su cadáver desbaratado, y su masa encefálica quedó esparcida en el mercado donde no solo se escondía, sino que vivía, porque era huérfano. Por eso los comerciantes del mercado lo apodaban “La Mascota”. El único recuerdo del ‘niño guerrillero’ fue un zapato tenis que llevaba puesto y su pistola 22.

Empecé a preguntarme si no había en este goce, tanto de la letra/textualidad de Cardenal como el mío propio, algo de perversión. Si el regocijo que provoca el sacrificio revolucionario, en este caso de la niñez, no es algo que hoy día deberíamos reprocharnos como sociedad. La politización bélica de la que fue objeto la niñez no es fuente de placer. Es problemático, conflictivo. Es la textura de una cicatriz que sin tenerla puedo sentirla hoy en carne propia.

Cardenal habla de la violencia de la dictadura contra la niñez, pero no considera si su politización insurgente fue también un acto de violencia. ‘Espontáneo’ es una palabra que utiliza a menudo para explicar la integración de diversos sectores civiles a la insurrección, entre ellos los niños. En sus palabras, nadie esperaba la ‘rebelión de los niños’, ni la guardia, ni el Frente Sandinista de Liberación Nacional -FSLN. Pero la relevancia de lo sucedido es tal que la ‘espontaneidad’ no es razón suficiente para explicar las responsabilidades que tenemos sobre nuestro pasado. La ‘espontaneidad’ es una de clave narrativa de una sociedad que no desea revisar críticamente su pasado. Es razón ingenua, indulgente; invitación al recuerdo cómodo del pasado. Es no considerar que la niñez en cuestión fue integrada a una estructura guerrillera que les indicaba cómo colaborar, qué hacer y dónde hacerlo.

En nuestra historia la guerra ha tomado el lugar de la política. Incluso la paz y la democracia la hemos buscado a través de la guerra. De esta paradoja perversa no ha quedado fuera la niñez. Lo que Cardenal llama la ‘insurrección de los niños’ es para mí una ilustración significativa de una sociedad que carece de métodos no autoritarios de politización de su ciudadanía.

¿Por qué habríamos de celebrar como sociedad la participación de la niñez en la insurrección? En lo personal no puedo pasar por alto que la guerra es un fenómeno que marca profundamente. ¿Hacer de los niños, sujetos combatientes, no fue acaso precarizar estas vidas?

La integración de la niñez en la insurrección me sugiere lo hondo que ha calado la guerra como forma de lucha y cultura política en este país. Es un acontecimiento más dentro de la formación histórica de una cultura política bélica, violenta, y evidencia de una sociedad que transgrede continuamente a la niñez. Cuando los niños tomaban parte en la guerra, la sociedad asistía a la producción de una generación más de nicaragüenses con este marco cultural como referente. Una generación que recordaría la guerra como su primera forma de incursión en la vida pública. ¿Qué ciudadanías pueden formarse en un contexto y una historia de guerra? ¿Debemos, como sociedad, celebrar estas ciudadanías? ¿Qué cultura de la memoria legitimamos al hacerlo?

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Juan Pablo Gómez es Investigador del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica, Universidad Centroamericana (IHNCA-UCA)

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